Aurora Bertrana escribió sobre aventuras, amor libre y emancipación en la España puritana de los años treinta.
A Aurora Bertrana (1892-1974) le pasaba lo mismo que al protagonista de Big Fish: siempre fue un pez grande en un estanque pequeño. Un día, a los ocho años, decidió que quería ver el mar. El problema es que vivía en Girona y la costa más cercana estaba a cuarenta kilómetros. Sin pensárselo dos veces, se embarcó en su primera gran aventura. Su familia, que pasó unas horas bastantes angustiosas, la encontró antes de cantar victoria. A pesar del castigo, Bertrana pasaría muchísimos años de su vida fantaseando con hacerse a la mar y descubrir paraísos desconocidos y tesoros sin desenterrar. Lo haría, aunque para eso faltaban unos cuantos años.
A los diez años escribió un cuento que entregó a su padre. Este era el aclamado escritor catalán Prudenci Bertrana, autor de Josafat. No le hizo mucha gracia que su “Sargentita” tuviera vocación de escritora, no era un oficio de señoritas. Sin embargo, también era consciente de que no podía anclarla a una vida de bolillos y ganchillo como quería la madre. La solución fue acusar a Aurora Bertrana de haber copiado su relato y buscarle un profesor de violonchelo.

Fundó la primera banda femenina de jazz
Resultó que Bertrana también tenía grandes dotes para la música. A los dieciocho años viaja sola para acudir a sus lecciones de música, convirtiéndose en la comidilla de murmuraciones y chismorreos. No quería depender de nadie, por lo que se buscó su primer sueldo tocando en un café de La Rambla. Barcelona también se le quedó corta y dos años después, hacía las maletas para trabajar y formarse en Suiza. Allí se vivían los felices y liberales años veinte, un entorno más cómodo para Bertrana. Allí fundó la primera banda de jazz femenina en Europa.
En Ginebra se enamoró de un ingeniero eléctrico, monsieur Choffat, con el que se casó. Su familia se alegró pensando que había cazado un buen partido, pero aquel apuesto caballero no tenía ni oficio ni beneficio. Le surgió la oportunidad de montar una eléctrica en Papeete, capital de Polinesia. Bertrana le convenció para que la aceptara, Ginebra también se le estaba quedando pequeña. Además, tenía un asunto pendiente con el mar y otra cosa no, pero a cabezota no le ganaba nadie.

Paraísos Oceánicos
Aurora Bertrana vivió en Papeete entre 1926 y 1929. Para ella fue toda una revolución a nivel personal. Aquella cultura que Europa trataba de salvaje le rompió los esquemas. Lo que más le impactó fue la tolerancia sexual. Las indígenas no sabían quién era el padre de su hijo, hombres y mujeres preparaban la comida juntos y el erotismo estaba por todas partes. Como escribiría en sus memorias: . «Los hombres no se oponían al libre amor de las mujeres con las que se juntaban y se separaban sin pasar ni por el juzgado, ni por la vicaría. No tenían el instinto de posesión ni el mismo concepto del honor que los blancos».
Bertrana se reconcilió con la escritura y empezó a enviar crónicas que los periódicos catalanes publicaban y su público devoraba. Pese a aquellos tiempos coloniales, Bertrana no hablaba desde una atalaya de mujer blanca burguesa, sino desde la admiración. Hablaba de ‘noches oceánicas tejidas en perfumes sutiles’, aguas cristalinas y paisajes exóticos. Pero también de comidas extrañas, timos y noches de tempestad. Todas estas experiencias se convertirían en un libro, Paraísos Oceánicos, que publicó cuando volvió a Barcelona en 1930.

Vuelta a la ‘gris’ realidad
Como no podía estarse quieta, viajó sola a Marruecos para relatar el modo de vida de la mujer musulmana. Visitó harenes, burdeles y prisiones, suficiente para escribir otro libro, Marruecos sensual y fanático (1936). También tomó partido en la vida cultural y política del Estado. Militó en Esquerra Republicana de Catalunya, incluso se presentó a las elecciones del partido en 1933. Al estallar la Guerra Civil, Aurora Bertrana se exilia en Suiza, donde espera a su marido. Monsieur Choffat nunca vuelve. Todo lo contrario. Se queda con su secretaria en España y se pasa al bando franquista.

La escritora vuelve a Cataluña en 1949, donde se encuentra con una sociedad destruida y reprimida. Visto que su espíritu rebelde e independiente no cuadra en la visión franquista de la mujer como ángel del hogar, se refugia en escribir sus memorias y recordar tiempos mejores. Todo lo que vino después de la guerra fueron “años mortecinos, sin aventuras. Años grises”. Las páginas se convirtieron en su “patria sentimental”, donde vivió hasta su muerte, en 1974. Pasaría mucho tiempo para que la historia la volviera a recordar.
