La Avinguda del Paral·lel fue el Broadway, el East End, el Montmartre de Barcelona. Hoy, solo es una sombra de ese glorioso pasado.
Pasear por la Avinguda del Paral·lel hoy puede ser un ejercicio estresante. Motores de motos y coches, ciclistas que se cruzan, grupos de jóvenes planeando su próxima aventura nocturna, “paquis” que abren a horas intempestivas, kebabs, cerveza beer, la iluminación epiléptica de la Bagdad… Cualquiera diría que, hace cien años, este cúmulo de ruidos, olores orientales y luces fue la capital del teatro y la música de Barcelona. Tampoco quedan muchas edificaciones en pie para demostrarlo, a excepción de la sala Apolo, El Molino o el Teatre Condal. Hoy, hacemos un viaje en el tiempo para recordar esa época dorada de cabarets, vodevils, cinematógrafos y music halls. De cuando el Paral·lel era el Montmartre de Barcelona. Allá vamos.
Se inauguró el 8 de octubre de 1894 y fue otra de las calles “hijas” del Plan Cerdá, que derribaba las asfixiantes murallas que encerraban Barcelona para darle el cuadriculado skyline que conocemos hoy. Conecta las Drassanes Reials con la plaça de Espanya y limita el Poble Sec con El Raval. El trazado de la avenida coincide con el paralelo 41° 22′ 34″, norte. De hecho, aunque a lo largo de su historia ha recibido varios nombres (avenida del Marquès del Duero o de Francesc Layret) siempre se la ha conocido como el Paral·lel.

El Passeig de Gràcia de los pobres
Al principio era una avenida suburbial, poblada de marineros, clase obrera y gente de mala vida que se encontraban en las barracas en las que se ofrecía teatro, música en directo y, posteriormente, cine. Era “el Passeig de Gràcia de los pobres”. Enseguida corrió la voz y estas edificaciones improvisadas comenzaron a tomar forma. En abril de 1892 surgió el Circo Español Modelo, el primer gran teatro de la calle. Le seguirían el Teatre Arnau, el Olímpia o Talia, ya desaparecidos. También se produjo un boom de music halls, vodevils y cines. De hecho, Raquel Meller debutaría en el Arnau en 1911, convirtiéndose en la reina del cuplé.

El Paralelo revolucionario
El siglo XX avanzaba y el Paral·lel se convertía en la calle que nunca duerme. A menudo se la compara con el Broadway de Nueva York, el East End de Londres o el Montmartre de París. Sin embargo, tiene algo que lo diferencia de estas avenidas. Debido a esa proximidad con las clases obreras y más humildes de la ciudad, fue el escenario sobre el que se representó el conflicto social y político que asolaba a la Barcelona de principios de siglo. Anarquistas, socialistas y catalanistas debatían acaloradamente desde las barras y organizaban mítines en los teatros. Se repartían libros o propaganda sobre temas tan diversos como la emancipación de las prostitutas, la liberación obrera o sindicalismo. Durante la Semana Trágica esta amplia avenida se tiñó de violencia y sangre y, tras la huelga de La Canadiense, impulsada de la CNT, tres mil obreros fueron encarcelados en el castillo de Montjuïc, sobre la avenida.
Todas las protestas obreras, las huelgas, las revueltas, los intentos revolucionarios, pasaron por el Paral·lel, pero también la cultura y el arte. Por sus cafés y cabarets también se dejaron ver los bohemios que trazarían la literatura, el arte vanguardista y el modernismo catalán, como Santiago Rusiñol, el pintor Salvador Seguí (que acabaría presidiendo el Ateneo anarcosindicalista) o Isidre Nonell . Las viejas fortunas se refugiaban en el Liceu y el Teatro Nuevo, los nuevos ricos, los artistas y lo/as marginado/as, en el Paral·lel

La Guerra Civil
Con el estallido del conflicto se cerraron todos los teatros de la avenida. Como todo lo que el fascismo señalaba como vicio, depravación, comunismo y masonería, hubo consecuencias. La mayoría de los locales no pudieron hacer frente a la censura franquista. Tampoco a la revolución social y cultural que siguió a la misma. Con el cine o la revolución sexual de los setenta, la picardía de los cabarets quedaba desfasada. Los locales que sobrevivieron fue o bien porque supieron renovarse a tiempo (Apolo), se reconvirtieron (el Circo Español Modelo ahora es la Sala BARTS) o se “salvaron” gracias a fortunas interesadas (El Molino). Los que cerraron para siempre, ahora son un Burger King (Teatro Cómico) o convertido en un edificio de pisos (Teatre Nou).
En eso ha quedado el Paral·lel, una avenida de triste figura con un pasado que se debería reivindicar.

